sábado, 16 de diciembre de 2006

3. REMEMORANDO A - LEG(ORÍ)AS.

En su “autobiografía” Barthes se refiere a su escritura: “El Texto no puede contar nada, se lleva mi cuerpo a otra parte, lejos de mi persona imaginaria, hacia una suerte de lengua sin memoria, que es ya la del Pueblo, la de la masa insubjetiva (o sujeto generalizado)[…][1]
Probablemente Barthes no experimentó los sucesos de la tortura, más su afirmación anterior es legible dentro de los aspectos de la lengua en tanto forma de representación. Los planteamientos recurrentes de este texto, y que decantarán en el exceso que exhibe Fragmentos de un discurso amoroso, apuntan hacia la (im)posibilidad de una reconstrucción del sujeto.
Lo que se plantea, entonces, en esta escritura, no es la discusión en torno a si existió tortura o no, sino a la capacidad representativa de su exhibición en relación con la memoria.

La inscripción o texto emerge gracias a una judicatura, mas dentro de este acto se incluyen los probables saqueos, pesquisas y un completo aparataje que permite la emergencia de una alteridad.
Valech exhibe en su composición el trabajo del montaje[2] en donde cada uno de los segmentos testimoniales ha sido determinado y seccionado en función de una categoría de tortura (Desnudamiento, Golpizas Reiteradas, Colgamientos, Violencia Sexual, Violencia Sexual Contra Mujeres, etc.). Todos estos testimonios se encuentran funcionalizados en pos de una idea, un concepto, una visión supuestamente estable y dispuesta a la circulación masiva – el mismo registro con el que trabajo es más fácil y rápido de hallar en web que a través del diario oficial -. La representación gráfica, la ausencia presente de estos cortes se da a través de los signos […], que se pueden encontrar en cualquier momento de los relatos testimoniales. El corte puede presentizar tanto la ausencia de un nombre como la omisión de un cronotopo del relato. Estas sucesivas incisiones se dan no solo por el efecto del montaje – a nivel compilación -, sino, además, por una condición o mecanismo de lectura afín a cualquier narración y lectura: la alegoría.

La alegoría como mecanismo de lectura se halla estabilizada aquí, principalmente desde los planteamientos de Jacques Derrida – leyendo a De Man - y una descentrada lectura del concepto de alegoría según Walter Benjamin[3].

¿Qué sucede en este caso testimonial, en que los sujetos son conformados por un N.N, donde los testimonios están en función de un tejido ad-hoc a una idea central (la restitución de las víctimas mediante la emergencia de los sucesos)? O mejor, ¿cómo influye el carácter fragmentario de los testimonios en este cuerpo textual?
Según Deotté, el fragmento es una unidad extremadamente afín al Museo, a la colección, al archivamiento. Esto sucede por el carácter metonímico del fragmento, lo cual significa el encabalgamiento de un significante sobre otro y así sucesivamente. La estabilidad del fragmento radicaría en su carácter de apertura o inacabamiento, su diferimiento continuo de significado lo hace saltar de superficie de inscripción en superficie de inscripción, provocando un efecto de circulación que es al fin un acto comunicacional. Este efecto de circulación es lo que haría provechoso al mensaje que es este fragmento. Tal como sucede con el dinero la comunicación se traduce en un valor de cambio.
Desde este punto de vista, la experiencia mediada por un carácter alegórico en el acto de rememoriación, que a su vez se encuentra circulando a través del texto – en este caso por un espacio virtual (Internet) - adquiere constantemente un diferimiento en tanto su igualamiento se da por la disyunción constante de significado. El significante corre eternamente tras el significado.

¿Qué es lo que se entrega entonces? Al rememorar se alegoriza, al alegorizar se (a)lega, entregando y no una materia prima a disposición del apremio presente. Legando constantemente un alegato que (des)aparece ante los lectores potenciales.

[1] BARTHES, Roland. Roland Barthes por Roland Barthes. Caracas, Monte Avila Editores. 1978. pág. 5.
[2] “A través de los raccords, cortes y falsos raccords, el montaje es la determinación del Todo (el tercer nivel bergsoniano). Eisenstein no se cansa de recordar que el montaje es el todo […] la Idea. [...] El montaje es esa operación que recae sobre las imágenes-movimiento para desprender de ellas el todo, la idea, es decir, la imagen del tiempo. Imagen necesariamente indirecta, por cuanto se la infiere de las imágenes-movimiento y sus relaciones.” DELEUZE, Gilles. La Imagen - Movimiento. Estudios Sobre Cine I. Barcelona. Paidos. 1991. pág. 51.

[3] La alegoría se acciona mediante el traslado de significantes en una cadena metonímica. Hay en este mecanismo de lectura un desfase de referencialidad en tanto el significante del signo se halla vacío y solo se llena a través de la violencia impuesta de un significado. Derrida, leyendo a De Man, quien a su vez lee a Hegel, inscribe: “Lo que narra la alegoría es pues, en palabras del propio Hegel, la separación o desarticulación del sujeto respecto al predicado […]. Para que el discurso tenga sentido, es preciso que se produzca esta separación, y sin embargo ella es incompatible con la generalidad necesaria de todo sentido. La alegoría funciona, categórica y lógicamente, como la piedra angular defectiva del sistema entero”. DERRIDA, Jacques. Memorias para Paul De Man. Barcelona. Gedisa. 1989. pág. 81. En esta relectura realizada por Derrida, la alegoría se exhibe como un mecanismo paradójico en tanto representa a una memoria que va más allá, reuniendo las dos memorias planteadas por Platón como contrapuestas: la mala memoria (hypomneme o pharmakon) frente a una buena memoria (anamnesis). Derrida, leyendo a De Man, exhibe estas memorias como una paradoxa en tanto se presentan como un “deber de memoria” inscrito en una memoria quizá anterior a Gëdachtnis y Erinnerung. Se rompe entonces el principio dialéctico de la memoria.
Por otra parte el concepto de alegoría, planteado por Walter Benjamín en Alegoría y Trauerspiel, resulta afín en tanto hace reflexionar sobre la reconstrucción de un pasado que se basa en la reconstrucción de ruinas o restos: “Todo lo que la historia desde el principio tiene de intempestivo, de doloroso, de fallido, se plasma en un rostro; o mejor dicho: en una calavera. Y, si bien es cierto que ésta carece de toda libertad “simbólica” de expresión, de toda armonía formal clásica. De todo rasgo humano, sin embargo en esta figura suya (la más sujeta a la naturaleza) se expresa plenamente y como enigma, no sólo la condición de la existencia humana en general, sino también la historicidad biográfica de un individuo.” BENJAMIN, Walter. Alegoría y Trauerspiel. en: El Origen del Drama Barroco Alemán. Madrid. Taurus. 1990. pág. 159.
En estas dos formas de plantear la alegoría, se sintetiza el carácter paradójico de la rememoración en tanto este acto reconstructivo tiene como condición el constante diferimiento. La (im)posibilidad de reconstrucción supone una experiencia de la no experiencia y viceversa. Por lo tanto consta de un carácter anfibológico, es decir, una contradicción que no se opone sino que suma en su confrontación y choque. Además, se deduce que la conformación de la memoria (en tanto alegórica) se plantea y depende de un presente que siempre apunta hacia el futuro, desde este punto de vista es ideológica.

2. HÁBITO JUDICIAL.

Argos es un objeto que no tiene otra causa que su nombre, u otra identidad que su forma.
ROLAND BARTHES. Roland Barthes por Roland Barthes.




A propósito del testimonio como reivindicación, Beatriz Sarlo menciona un caso posdictatorial argentino en que los dictámenes judiciales contra militares se definieron en función de los testimonios de las víctimas:

Si se excluye a los culpables, nadie (fuera de la sede judicial) pensó en someter a escrutinio metodológico el testimonio en primera persona de las víctimas. Sin duda, hubiera tenido algo de monstruoso aplicar a esos discursos los principios de duda metodológica…[1]

Habría un poder inherente al relato testimonial, un poder que impediría ponerlo en duda en tanto el testimonio conlleva en sí una “materia prima” presta a ponerse al servicio de quienes ganan el presente.

Al contrario del caso citado por Sarlo, el Informe Valech presenta una mayor disposición al recurso metodológico en tanto su circulación posee características especiales.
La forma de presentación de los testimonios, que evidencian subjetividad en su acto de enunciación, corresponde a un corpus divido por categorizaciones: es esta la conformación del Capítulo V: Métodos de tortura: definiciones y testimonios[2]. El capítulo divide fragmentos de testimonios en función de las categorías que encabezan cada apartado.

De esta planificación estructural y de la no mención tanto de víctimas como de victimarios es posible plantear la pregunta por el destinatario de este corpus.
Si el testimonio no judicaliza en sí mismo – en términos legales -[3], si su utilización como materia prima está al servicio de una representación en tanto categoría – […] se incluyen solo aquellas descripciones representativas de lo señalado por quienes entregaron su testimonio[…][4], ¿a la completitud de qué capítulo corresponde, según la escritura de Lagos, la entrega de este informe?
Acabo de escribir: según la escritura. Es importante detenerse en este punto.
El acontecimiento en el caso Valech –que no es necesariamente equivalente al testimonio de las víctimas, a sus vivencias-, emerge gracias a la judicatura de los gobiernos de la Concertación los cuales desde la figura del Juez[5] documentalizan dichos sucesos.
Lagos, al buscar la completitud de un capítulo, al depositar en la suya los duelos de bocas y voces de los afectados, cubre con un hábito teleológico -en esta segunda instancia enunciativa suya- los sucesos experimentados por la mayoría de los testimoniantes o primeras personas. Es el fallo el que actúa. Es el fallo quien falla, y no los testimonios. Es la clausura la que sobreviene y embarca, sobre, y desde, un pasado aún demasiado cercano.

[1] SARLO, Beatriz. Tiempo Pasado. Buenos Aires. Siglo XXI Editores. 2005. pág. 61.
[2] Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Edición Ministerio del Interior. Edición Digital. págs. 225 – 257.
[3] Además del método de tortura, los sujetos-víctimas son solo distinguibles entre sí mediante género: Hombre, detenido en septiempbre de 1973. Relato de su reclusión en Regimiento Nro. 14. Los sujetos-victimarios a su vez son representados como hiatos y solo reconocibles por la ejecución de la tortura o su rango militar: Apareció el teniente […] preguntando con groserías si había hablado. El cabo […] responde que no he hecho nada. Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Edición Ministerio del Interior. Edición Digital. pág. 240.
[4] Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Edición Ministerio del Interior. Edición Digital. pág. 225.
[5] La inscripción del acontecimiento sólo tendrá lugar por el desvío del tribunal. Por tribunal no hay que entender solamente la institución jurídica sino más allá, sus procedimientos, su trabajo de pesquiza, la identificación de objetos testimoniales, la autentificación crítica, el registro, la comparecencia de las partes, la decisión, la ejecución, etc. En síntesis, todo aquello que caracteriza tanto a la historiografía como a la museografía. Pero antes que todas estas instituciones modernas, incluso antes e la institución misma del tribunal, está la figura del Juez, tal y como aparece en el Antiguo Testamento (...) El Juez es aquel que intenta acoger la demanda de aquel que ha sufrido un daño y que el tribunal no ha registrado.
El juez no tiene archivos: el actuario no tiene huellas que comunicar, y sin embargo, hay algo que queda suspendido en este no man´s land entre el dato y la huella. Puesto que no es repetible y autentificable a partir de la huella, no es –en términos estrictos- un acontecimiento. Y sin embargo ello ocurrió: una ruina de acontecimiento” DÉOTTE, Jean - Louis. op. cit. pág. 25.

1. ENCAUSAMIENTO.

Pero no había que hacerse demasiadas ilusiones. La prosa de Kilapán, sin duda, podía ser la de Pinochet. Pero también podía ser la de Aylwin o la de Lagos. La prosa de Kilapán podía ser la de Frei (lo que ya era mucho decir) o la de cualquier neofascista de la derecha. En la prosa de Lonko Kilapán no sólo cabían todos los estilos de Chile sino también todas las tendencias políticas […]
ROBERTO BOLAÑO. 2666. La Parte de Amalfitano.


El 11 de diciembre del 2004 “Parque por la paz” – eufemismo consensual para Villa Grimaldi (ex centro de detención y torturas) - fue elevado a la categoría de monumento histórico. Ceremonia mediante, el entonces ministro de educación Sergio Bitar pronunció discursos enfocados hacia la sistematización del espacio en pos de una productividad educativa gracias a una serie de financiamientos o inyecciones de recursos estatales para su mantención y protección.

Según una fuente: […] el titular de Educación manifestó que solo la memoria puede construir un futuro sólido. “El que está amnésico o no se acuerda o simplemente explica para justificar, no puede construir un país mejor”, enfatizó. […] señaló que su cartera se preocupará para que “vengan los estudiantes y puedan ser ciudadanos mejores”.[1]

¿Qué es lo que se desea revelar en estas excursiones guiadas y futuras? ¿El sufrimiento?, ¿un sufrimiento?, ¿la iniquidad?, ¿el dolor?, ¿un dolor? En síntesis: ¿se desea, mediante la “transmisión de una experiencia” disfrazada de duelo, la conducción de una o más generaciones hacia la virtud?

Esta manifestación discursiva del entonces ministro exhibe los mecanismos de las políticas del duelo, las cuales mediante una serie de intereses comunes plantean una teleología. Esto significa que el pasado adquiere valor solo en relación a su presente, en el cual ciertos agentes encauzan y sostienen, a través de una comunidad de intereses y constructos (est)éticos, una dirección o finalidad: una teleología.[2]

En Infancia e Historia, Giorgio Agamben reformula la experiencia a través de la inversión de su espacio limítrofe[3]. Esto es situarla ya no en un devenir hacia la muerte sino hacia la infancia. Es necesario aclarar que la medida de la experiencia, según Agamben, está condicionada por su incapacidad o por su carácter fantástico (ficticio): se experimenta dentro de los límites impuestos por el pensamiento científico (episteme): […] “una vez que la experiencia comience a ser referida al sujeto de la ciencia, que no puede alcanzar la madurez sino únicamente incrementar sus propios conocimientos, […] se vuelve algo esencialmente infinito, un concepto “asintótico”, como dirá Kant, algo que solo es posible hacer y nunca llegar a tener nada más que por el proceso infinito del conocimiento”[4]
Es en estos elementos donde sugiere Agamben descifrar los rasgos de una nueva experiencia.
Entre las condiciones de emisión y recepción del discurso del entonces ministro, es posible detectar una de las paradojas del discurso en tanto acto de de re-memoración experiencial: el mensaje ministerial pretende hacer decible lo indecible: se pretende páthêma al instar una transformación radical en generaciones que no fueron testigos del pasado ([…] señaló que su cartera se preocupará para que “vengan los estudiantes y puedan ser ciudadanos mejores”.), y como cualquier mensaje, mediado desde y por el lenguaje, solo puede configurarse como máthêma: algo que desde siempre es inmediatamente reconocido en cada acto de conocimiento, según Agamben[5].
La cifra –lo reconocible- es entonces el instrumento afín a la postura acomodaticia de un gobierno que se hallaba- al momento de la producción de este mensaje- en un tercer estadio de un trabajo estatal de duelo: El Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, más conocido como Informe Valech.

Del mismo prólogo del informe se deduce la inserción de éste como depositario de dos momentos anteriores:

Ha sido un largo, paciente y complejo camino. El primer paso fue el de la Comisión de Verdad y Reconciliación, creada por el Presidente Aylwin y que presidió el abogado Raúl Rettig. Gracias a su labor, fue posible establecer en gran medida la verdad sobre los compatriotas que murieron como consecuencia de la violencia política, y certificar más allá de toda duda el drama de los detenidos desaparecidos. Otro paso fundamental fue la Mesa de Diálogo, instalada por el Presidente Frei, en la cual participaron las Fuerzas Armadas y otras instituciones, que extendió la conciencia sobre la magnitud de la tragedia y favoreció el proceso de reencuentro nacional.[6]

Dejando de lado los posibles cuestionamientos sobre estas dos instancias previas, la postura discursiva de Lagos propone el camino a través de ambos momentos como largo y complejo. Si a esto sumamos la conclusión de esta introducción - Con el reconocimiento a las víctimas de prisión política y tortura completamos un capítulo por el cual teníamos que pasar[7]- es posible leer la imposición de un cierre (des)compuesto por el ritmo y el tempo de una coalición política y estatal. La cerrazón de recuerdo. La finalidad en el fin, y viceversa.

[1]http://www.cooperativa.cl/p4_noticias/antialone.html?page=http://www.cooperativa.cl/p4_noticias/site/artic/20041211/pags/20041211143115.html.[2] Déotte plantea que la economía no es suficiente para la unificación de un pueblo. Las políticas de los lugares de memoria son partidarias de una política del duelo, del padecimiento como vínculo común, del pathos como nexo:
“Una política de la cultura del duelo. En el pasado, una herencia gloriosa y pesares que compartir; en el futuro, un mismo programa a desarrollar. Haber sufrido, gozado, esperado juntos, he aquí algo que vale más que aduanas comunes y fronteras conformes a determinadas ideas estratégicas; esto es lo que se entiende pese a la diversidad de razas y lengua [...] haber sufrido juntos, sí, el sufrimiento en común une más que la alegría.” DÉOTTE, Jean-Louis. Catástrofe y olvido. Santiago. Ed. Cuarto Propio. 1998. pág. 26.
[3] En Lo que queda de Auschwitz, el espacio limítrofe de la experiencia es leído por Agamben –siguiendo a Levi y una serie de testimonios- en dos representantes del campo de concentración judío: El muerto o exterminado, quien no puede dar testimonio ni siquiera a través de otra voz (el testimonio de un compañero) y “El Musulmán”: “El denominado Musselmann, como se llamaba en el lenguaje del Lager al prisionero que había abandonado cualquier esperanza y que había sido abandonado por sus compañeros, no poseía ya un estado de conocimiento que le permitiera comparar entre bien y mal, nobleza y bajeza, espiritualidad o no espiritualidad. Era un cadáver ambulante, un haz de funciones físicas ya en agonía. […] El musulmán no le daba pena a ninguno ni podía esperar contar con la simpatía de nadie. Los compañeros de prisión, que temían continuamente por su vida, ni siquiera le dedicaban una mirada. Para los detenidos que colaboraban, los musulmanes eran fuente de rabia y preocupación, para las SS sólo inútil inmundicia. Unos y otros no pensaban más que en eliminarlos, cada uno a su manera (Amér. P. 39). Estas dos figuras representan la inasibilidad del testimonio del horror. AGAMBEN, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. Valencia. Ed. Pre-textos. 2002. págs. 41 – 43.
[4] AGAMBEN, Giorgio. Infancia e Historia: Destrucción de la Experiencia y Origen de la Historia. Buenos Aires. Adriana Hidalgo Editora. 2001,2003. pág. 24.
[5] AGAMBEN, Giorgio. Infancia e Historia: Destrucción de la Experiencia y Origen de la Historia. Buenos Aires. Adriana Hidalgo Editora. 2001,2003. págs. 21-22.
[6] Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Edición Ministerio del Interior. Edición Digital. La recuperación de la memoria. pág. 7.

[7] Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Edición Ministerio del Interior. Edición Digital. Palabras finales. pág. 10.