El duelo es la madre de la alegoría.
IDELBER AVELAR. Alegorías de la derrota.
IDELBER AVELAR. Alegorías de la derrota.
Es probable que un posible lector considere los plateado anteriormente como una monstruosidad u horror. Es una idea probable, mas cabe en torno a esto una pregunta: si este texto que es el Informe Valech se halla en circulación, y dispuesto a la lectura e interpretación de un lector incógnito, ¿cuál es el efecto que supuestamente debería provocar? Si este corresponde a una toma de conciencia en torno al horror cometido en el período de los sucesos, el texto se presenta como un arma de doble filo.
La escena es la siguiente: Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, año 2005. Una treintena de personas en una sala de conferencias mas bien pequeña. El tema de “reflexión” de dicha conferencia[1] ha sido el tratamiento de la memoria y el centro de la ronda de preguntas finales es nada menos que la excelentísima representante del Museo de la Memoria de Lyon. La luz de diciembre desborda cada rincón de la sala. Las reiterativas afirmaciones/preguntas por parte de un mayoritario grupo de señoras han oscilado entre el género y la educación en relación al uso de Villa Grimaldi como medio educativo. Las señoras preguntan, la representante de Villa Grimaldi traduce y la representante del Museo de la Memoria de Lyon responde cortésmente en francés. El ambiente es gratísimo y distendido, la camaradería corre paralela a las sonrisas mutuas. Todos saben perfectamente lo que es la memoria y para qué sirve, por lo tanto es sobre lo que menos se habla: es el olvido presentizado.
Tras la toma de palabra de una señora que propone la planificación de visitas guiadas del estudiantado escolar, un joven que se ha sentido fuera de sitio durante la hora y media se anima a hacer una pregunta. Levanta la mano y la sonriente representante de Villa Grimaldi responde con un gesto de aprobación. ¿Qué políticas de memoria son suficientemente necesarias teniendo en cuenta una estetización y actual cosmetización de la experiencia?, porque usted sabrá que el parque construido sobre el terreno en que existió Villa Grimaldi no es Villa Grimaldi, dice el joven, que a estas alturas ya teme la probable resaca por parte los asistentes, cuyas cabezas juntas suman tantos años de trabajo intelectual.
Pero no se oye nada, bufidos rabiosos en un rincón, suspiros en otro y un profundísimo e incómodo mutis. Los ojos de la representante se mueven de un lado a otro, la dama francesa no entiende lo que sucede y ríe, algunos profesores comienzan a asentir con desgano al comentario. Comprendiendo que los ha puesto en jaque, el joven deja entrever un tímido gesto burlón para que la representante traduzca la pregunta a la excelentísima dama francesa. Pero la representante de Villa Grimaldi empieza a perder control y diplomacia, e indignada, se encarga de responder ella misma la pregunta: ¡Pero cómo, si la gente tiene que ir para saber lo que ahí sucedió! – la mujer se ruboriza -. ¡Para conocer los lugares en que se torturó gente!, - la mujer suda -, ¡para saber lo que pasó! – la mujer frunce los labios-.
La representante de la mismísima Villa Grimaldi no ha entendido el fondo de la pregunta. Obviamente, tampoco ha habido traducción.
Lo legible tras esta situación, perfectamente adaptable al caso Valech, es el problema de la simbolización de los espacios – tanto monumentales como documentales - de representación memorialística, es decir, la sentencia de la finalidad como fin y el fin como finalidad.
Si los testimonios del Informe Valech pretenden, tal como propone Lagos en la introducción, dar un cierre a un período de restitución memorial nacional mediante la reunión fragmentaria de relatos, a lo que se da paso es a la simbolización. El símbolo, al contrario de la alegoría, impone la estabilización de un concepto o signo lingüístico: redondea la representación en una totalidad infisurada, en la cual imagen y sentido, signo y concepto, son indistinguibles.[2] El símbolo no acepta el carácter metonímico y de apertura que porta la alegoría. Las políticas gubernamentales de memoria, al no asumir la descomposición como elemento del duelo, iconizan esta serie de testimonios, transformándolos en caricaturas de los sucesos. Cosa que no sucedería si éstos no se hallasen en dicho documento. A su vez, el duelo, como resultado de la pérdida, se realiza en su incapacidad de realización: el duelo es un constante estar en duelo, y aquí radica su dificultad, en la decisión – mediante los sistemas de coacción social - de cuál es el límite para el olvido y el recuerdo. El Informe Valech, en tanto elemento de solu(c)(s)ión unitiva, provocaría precisamente el efecto inverso a sus supuestos propósitos, modelando a sus potenciales lectores como legos: constructo afín a cierto legado; alguien que no tiene noticias ni letras. Teleológicamente, provocaría la finalidad en el fin y viceversa.
¿Hay un modo, una forma de deber para hacerse cargo de estos recuerdos ajenos? Quien escribe ahora no forma parte ni simpatiza con partido político alguno, tampoco pertenece a un núcleo familiar o cercano a algún afectado, pero ha leído los textos y le importan lo suficiente como para realizar un trabajo, que muy probablemente, y al igual que La Bemba, acabará en algún ángulo del olvido.[3]
La escena es la siguiente: Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, año 2005. Una treintena de personas en una sala de conferencias mas bien pequeña. El tema de “reflexión” de dicha conferencia[1] ha sido el tratamiento de la memoria y el centro de la ronda de preguntas finales es nada menos que la excelentísima representante del Museo de la Memoria de Lyon. La luz de diciembre desborda cada rincón de la sala. Las reiterativas afirmaciones/preguntas por parte de un mayoritario grupo de señoras han oscilado entre el género y la educación en relación al uso de Villa Grimaldi como medio educativo. Las señoras preguntan, la representante de Villa Grimaldi traduce y la representante del Museo de la Memoria de Lyon responde cortésmente en francés. El ambiente es gratísimo y distendido, la camaradería corre paralela a las sonrisas mutuas. Todos saben perfectamente lo que es la memoria y para qué sirve, por lo tanto es sobre lo que menos se habla: es el olvido presentizado.
Tras la toma de palabra de una señora que propone la planificación de visitas guiadas del estudiantado escolar, un joven que se ha sentido fuera de sitio durante la hora y media se anima a hacer una pregunta. Levanta la mano y la sonriente representante de Villa Grimaldi responde con un gesto de aprobación. ¿Qué políticas de memoria son suficientemente necesarias teniendo en cuenta una estetización y actual cosmetización de la experiencia?, porque usted sabrá que el parque construido sobre el terreno en que existió Villa Grimaldi no es Villa Grimaldi, dice el joven, que a estas alturas ya teme la probable resaca por parte los asistentes, cuyas cabezas juntas suman tantos años de trabajo intelectual.
Pero no se oye nada, bufidos rabiosos en un rincón, suspiros en otro y un profundísimo e incómodo mutis. Los ojos de la representante se mueven de un lado a otro, la dama francesa no entiende lo que sucede y ríe, algunos profesores comienzan a asentir con desgano al comentario. Comprendiendo que los ha puesto en jaque, el joven deja entrever un tímido gesto burlón para que la representante traduzca la pregunta a la excelentísima dama francesa. Pero la representante de Villa Grimaldi empieza a perder control y diplomacia, e indignada, se encarga de responder ella misma la pregunta: ¡Pero cómo, si la gente tiene que ir para saber lo que ahí sucedió! – la mujer se ruboriza -. ¡Para conocer los lugares en que se torturó gente!, - la mujer suda -, ¡para saber lo que pasó! – la mujer frunce los labios-.
La representante de la mismísima Villa Grimaldi no ha entendido el fondo de la pregunta. Obviamente, tampoco ha habido traducción.
Lo legible tras esta situación, perfectamente adaptable al caso Valech, es el problema de la simbolización de los espacios – tanto monumentales como documentales - de representación memorialística, es decir, la sentencia de la finalidad como fin y el fin como finalidad.
Si los testimonios del Informe Valech pretenden, tal como propone Lagos en la introducción, dar un cierre a un período de restitución memorial nacional mediante la reunión fragmentaria de relatos, a lo que se da paso es a la simbolización. El símbolo, al contrario de la alegoría, impone la estabilización de un concepto o signo lingüístico: redondea la representación en una totalidad infisurada, en la cual imagen y sentido, signo y concepto, son indistinguibles.[2] El símbolo no acepta el carácter metonímico y de apertura que porta la alegoría. Las políticas gubernamentales de memoria, al no asumir la descomposición como elemento del duelo, iconizan esta serie de testimonios, transformándolos en caricaturas de los sucesos. Cosa que no sucedería si éstos no se hallasen en dicho documento. A su vez, el duelo, como resultado de la pérdida, se realiza en su incapacidad de realización: el duelo es un constante estar en duelo, y aquí radica su dificultad, en la decisión – mediante los sistemas de coacción social - de cuál es el límite para el olvido y el recuerdo. El Informe Valech, en tanto elemento de solu(c)(s)ión unitiva, provocaría precisamente el efecto inverso a sus supuestos propósitos, modelando a sus potenciales lectores como legos: constructo afín a cierto legado; alguien que no tiene noticias ni letras. Teleológicamente, provocaría la finalidad en el fin y viceversa.
¿Hay un modo, una forma de deber para hacerse cargo de estos recuerdos ajenos? Quien escribe ahora no forma parte ni simpatiza con partido político alguno, tampoco pertenece a un núcleo familiar o cercano a algún afectado, pero ha leído los textos y le importan lo suficiente como para realizar un trabajo, que muy probablemente, y al igual que La Bemba, acabará en algún ángulo del olvido.[3]
[1] Realizada y promovida por los representantes de Parque por la Paz (Villa Grimaldi). La conferencia se hallaba enmarcada en la planificación de transformar a Villa Grimaldi en un Museo de la Memoria.
[2] AVELAR, Idelver. Alegorías de la Derrota: La Ficción Postdictarorial y el Trabajo del Duelo. Santiago. Cuarto Propio. 2000. pág. 16.
[3] La Bemba es un texto que corresponde a la escritura teórica de un preso político, el cual mediante un excesivo análisis teórico, posterior a su experiencia y basado en conocimientos previos a su paso por la tortura y la cárcel, construyó un testimonio que tiene su asidero en un aparataje analítico. Todo esto lo convierte en un caso aparte ya que su condición posdictatorial –como sujeto enunciante- no se caracteriza por su experiencia. Mediante su aparataje teórico trabaja su experiencia como la experiencia de otro (la Teoría del Rumor Carcelario), es decir, como quien analiza sus materiales y no como quien quiere testimoniar como víctima o denunciante. Por supuesto, este texto tan disfuncional a las coyunturas postdictatoriales se halla relativamente olvidado. La Bemba. en: ÍPOLA, Emilio. Ideología y discurso populista. Buenos Aires. Siglo XXI. 2005.
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